Fecha: 25 marzo, 2021

Por Jorge Rachid

El siglo XXI tiene por delante el desafío de la ampliación del conocimiento, con el motor de la I+D, investigación más desarrollo, que pueda ampliar los límites del conocimiento humano, apuntalar la vida, cuidar la naturaleza, mejorar la calidad de vida de los pueblos, aumentar la expectativa de vida de los seres humanos, preservar las especies, mejorar la Pachamama Madre tierra para que dé sus frutos, con el cuidado del agua dulce como fuente de vida, entre otras demandas que fortalezcan la Humanidad.

Lo que debemos determinar es cuándo empezó el siglo XXl, si es en el 2001 con las Torres Gemelas y su despliegue producido por el hombre, de guerras, invasiones, destrucción y muerte o si el verdadero comienzo es con la Pandemia, que obligó a los pueblos y sus dirigencias, dirigir sus miradas hacia la preservación del bien común que es la preservación de la vida y el combate al virus.

En ambas ecuaciones el rol de la Ciencia y la Tecnología juegan un rol central. En efecto, la industria militar del complejo entramado de intereses económicos financieros, se vuelca a las nuevas tecnologías bélicas, creando incluso escenarios de guerra para desplegar su maquinaria imperial, arriesgando menos tropas y aumentando su capacidad de destrucción sobre terceros países, con la utilización de drones a satélites, desde armas inteligentes a misisles intercontinentales. Las ciudades destruidas, las muertes en masa, los desplazados por millones, son mostrados como “efectos no deseados”.

En un escenario contrario, la Pandemia hizo desde los científicos del mundo, un llamado a la solidaridad compartida, cuando en todos los Laboratorios sin fines de lucro, se comenzó a trabajar en la elaboración de vacunas que evitasen las muertes masivas y la paralización global. Esa solidaridad se extendió a los pueblos que derrotando individualismos previos, juntaron fuerzas y acciones en función del bien común, de vencer en una guerra invisible contra la molécula.

La Argentina dio muestras de sus fortalezas científicas, cuando sobreponiéndose a un período de destrucción de la misma, por la brutalidad destructiva de 4 años de neoliberalismo que nos gobernó. No sólo fue destrucción financiera, no dejó de atacarla, desfinanciándola y proletarizando su capital humano, pese a lo cual por el esfuerzo del Gobierno nacional, pudo ser un brazo esencial en el combate contra el flagelo mundial.

En pocos días surgieron las experiencias del Malbrán, identificando las diferentes cepas, a partir del reequipamiento realizado por el nuevo Gobierno popular, creando desde los Institutos estatales de ciencias, como el Leloir, los kits serológicos primero y moleculares después, para dar respuestas a las demandas de la hora crucial que se vive. Los bio ingenieros del CONICET crearon las carpas de aumento de capacidades de los respiradores, los ingenieros industriales reconvirtieron talleres para producirlos con la rapidez que exigía la situación. Los pilotos de Aerolíneas, los sistemas de transporte, la construcción de hospitales modulares, la producción de oxígeno, todo fue un despliegue silencioso de construcción de vida, apoyados en la ciencia y la tecnología nacional.

Sin embargo existe un proceso de colonización cultural, producto de décadas de cultura dominante neoliberal que pretende no sólo vencer la voluntad emancipadora de nuestro pueblo, sino su denigración, a partir de intentar producir la pérdida de la identidad y el borramiento de la memoria, como para deteriorar el hecho colectivo de construcción de conciencia.

En ese sentido doblegar el espíritu de nuestros jóvenes investigadores señalando Ezeiza como destino, tiene el signo del sometimiento y de la dependencia, como país a futuro, sumiso y arrasado en su ser nacional, primarizado en su economía y sometido en su conocimiento.

En ese sentido las permanentes apelaciones periodísticas y políticas, al supuesto imaginario de una Argentina subdesarrollada, pobre y periférica, son herramientas de dominación desde la palabra, que va construyendo en el espacio simbólico de la conciencia colectiva, la resignación de los pueblos.

Somos acaso un país subdesarrollado cuando tenemos satélites en el espacio con tecnología propia, cuando nuestras centrales nucleares funcionan con las capacidades de nuestros científicos nucleares, más aún cuando desplegamos radares 3D en nuestras fronteras y aeropuertos producidos por nosotros. Si producimos del calendario vacunatorio, obligatorio y gratuito, más de la mitad de las vacunas está realizado en la Argentina, por científicos nuestros, salidos de las Universidades nacionales, con prestigio internacional, entonces es posible que la denominación subdesarrollado, no sea la correcta.

Periféricos de que o quiénes somos, cuando se nos ubica en esa posición de marginalidad, no inocente, sino direccionada a una interpretación de menoscabo y disminución, frente a supuestos centros, que cuando se definen como imperiales, se niegan a asumirlo, pero que intentan someter los pueblos, a sus demandas de recursos, controlando sus economías, penetrando sus culturas, aplastando sus desarrollos a la medida de sus apetitos expansivos.

No somos periféricos de ningún poder en la Tierra, al decir de la Epistemología de la Periferia filosófica de Fermín Chávez, ni estamos destinados a perseguir los objetos del Dios Mercado, que coloca el enemigo como zanahoria de control social, mientras nos ubiquemos como Rodolfo Kush, en el paradigma de la Geocultura del “estar situado”, en nuestra tierra, nuestras costumbres, nuestra vitalidad de realización conviviendo con la felicidad del estar, antes que las del “ser alguien”.
Esa Argentina que fue el motor de la producción y del desarrollo con Justicia Social, pionera en nuestra región de las Universidades y educación pública gratuitas y un desarrollo en salud, desde producción de medicamentos a vacunas, tiene un destino a reconstruir venciendo el paradigma neoliberal del “compre hecho”, por el de Soberanía Política, que brinda el pleno compromiso con la Ciencia y la Tecnología, que bajo un Gobierno popular, es aplicada a la producción de bienes y servicios, accesibles que permitan el bien común, además del desarrollo de ciencias duras.

La felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación, tiene en el conocimiento, no sólo la Ciencia y la Tecnología, sino la Identidad y la Memoria compartida y solidaria, las herramientas necesarias de construcción de futuro, tanto de Patria y Pueblo, como en la Patria Grande latinoamericana, hacia un destino de paz y unión de los pueblos.

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