La que fuera diputada por proyecto Sur fue campeona de natación y compañera del Negro Fontanarrosa, un perro de agua. Niña bien de Rosario, su partida de nacimiento decía que era hija de padre soltero y madre desconocida.

Por Ernesto Calderón Bri

Llegó al peronismo en los 60, fue militante de “la resistencia”, ayudó a difundir clandestinamente La hora de los hornos y tuvo una serie de entrevistas con Juan Domingo Perón en 1970, en el exilio. Pero antes fue campeona de natación y había salido de la clase acomodada rosarina. Hasta tuvo un padre que pudo darse el lujo de ser “un médico playboy” y una madre “mezcla de Susanita y Simone de Beauvoir” que le dejaron una original partida de nacimiento que decía que era “hija de padre soltero y madre desconocida”.

Alcira Argumedo, que también fue precandidata presidencial de Proyecto Sur, tuvo una larga amistad con el recientemente fallecido Fernando Pino Solanas, a quien le debió, además, el que se le haya cumplido un sueño postergado por muchos años para la exdiputada:  tener su propia yegua, que se llamaba Bandida y se criaba en el campo del cineasta. “Yo siempre quería tener un caballo, pero mi viejo les tenía miedo y nos había comprado una bicicleta con motor” contó alguna vez Alcira.

“Mi viejo –recordaba con humor- era médico, pero médico playboy. El abuelo tenía mucha plata y le había dejado una herencia especial. Hasta los 38 años nunca trabajó y tardó 18 años en estudiar medicina porque, según él, no tenía tiempo. Y no tenía tiempo porque tenía un biplano y quería practicar porque él hacía siete tirabuzones y el campeón hacía uno más; además tenía que remontar el Paraná hasta el Amazonas para ver dónde nacía.

A los 38 el padre se enamoró y Alcira recordaba. “Mi madre pensaba como Susanita pero actuaba como Simone de Beauvoir; era separada, con tres hijas y se junta con mi viejo. Después de mucho tiempo, la convencí de que me diera mi partida de nacimiento original, porque tengo otra muy elegante. Y ahí aparecía como hija de padre soltero y madre desconocida. Eran dos tipos espectaculares” contó.

Desde “los 12 ó 13 años y hasta los 19”, compitió en natación en un equipo en el que también estaba el por entonces “negrito” Roberto Fontanarrosa. “Yo era la campeona y él era un perro de agua. Nunca había registrado que ‘el negrito’ era ‘el Negro’. Como 30 años después, estamos en una mesa redonda. Uno me lo presenta y me dice ‘¿Lo conocés a Fontanarrosa?’; ‘No, mucho gusto’, le contesto; y me dice ‘Hija de mil… ¿Qué te hice?, ¿No te acordás de mí, vos que eras mi ídola?’, entonces le respondí: ‘No me digas que vos eras el negrito Fontanarrosa. Ahora está saldada esta cuenta porque vos sos mi ídolo y yo soy una fracasada’”.

Hasta entonces, tenía, según ella misma solía contar, “esa cosa más bien frívola de niña bien y me divertía navegando, haciendo esquí acuático o montando a caballo con mis amigos”. Pero una de las tantas crisis argentinas la hizo emigrar a Buenos Aires porque integraba el equipo argentino de natación y la única pileta climatizada de Rosario no funcionaba. La mudanza, las nuevas compañías y la Facultad de Filosofía y Letras la llevaron a descubrir el peronismo de esos años, el de la resistencia.

De esa década de revolución cultural y política data el que ella solía describir como su “viaje iniciático”. “Fue en el 67, por Bolivia, Perú y el sur de Ecuador. Para llegar a Potosí teníamos que hacer 200 kilómetros en la caja de un camión. Salimos a las 7 de la tarde, a las 12 de la noche pararon y nos dijeron que si los ayudábamos no nos cobraban. Había que cargar contrabando: jabón en polvo y otras cosas. Entonces pusieron el contrabando, una lona y nosotros. A las 6 de la mañana del día siguiente, taparon el contrabando con cebolla cruda. Entonces venía el contrabando, la cebolla, la lona y nosotros arriba. Hasta que se largó a llover, y entonces venía el contrabando, la cebolla, nosotros y la lona arriba. A la noche siguiente, entre inundaciones y precipicios, una amiga me decía ‘No te duermas porque nos vamos a morir’, y yo le decía ‘Prefiero morirme dormida’”.

Profesora universitaria –en los 60 fue una de las creadoras de las Cátedras Nacionales sobre el pensamiento de San Martín, Artigas, Bolívar y Perón, entre otros-, Argumedo era una gran lectora y procuraba estar al día con lo académico, pero también disfrutaba de la ficción, en particular Gabriel García Márquez “y el tan discutido (Mario) Vargas Llosa”. Un poco melómana, también escuchaba con placer a  los clásicos: Bach, Vivaldi, Schubert. Pero siempre aclaraba: “Serrat y los Beatles, ni hablar, son fundamentales y forman parte constitutiva de una generación”. Abandonó la guitarra cuando el cigarrillo y las clases hicieron que la voz, según ella, no le diera más.

Además de nadar, jugó al voley, pero lo que le gusta es andar a caballo. Y es bastante fanática del fútbol: “Estoica de Rosario Central. Mi tesis es que el estoicismo del Che Guevara y del mismo Fontanarrosa es porque eran de Rosario Central”.

Este domingo 2 de mayo, Alcira Argumedo se fue a los 80 años dejando una estela de militancia, de ideas, de entusiasmo revolucionario y compromiso con Argentina y América Latina. Con la humanidad, en una palabra.

“Mi viejo –recordaba con humor- era médico, pero médico playboy. El abuelo tenía mucha plata y le había dejado una herencia especial. Hasta los 38 años nunca trabajó y tardó 18 años en estudiar medicina porque, según él, no tenía tiempo. Y no tenía tiempo porque tenía un biplano y quería practicar porque él hacía siete tirabuzones y el campeón hacía uno más; además tenía que remontar el Paraná hasta el Amazonas para ver dónde nacía.

A los 38 el padre se enamoró y Alcira recordaba. “Mi madre pensaba como Susanita pero actuaba como Simone de Beauvoir; era separada, con tres hijas y se junta con mi viejo. Después de mucho tiempo, la convencí de que me diera mi partida de nacimiento original, porque tengo otra muy elegante. Y ahí aparecía como hija de padre soltero y madre desconocida. Eran dos tipos espectaculares” contó.

Una de sus obras más celebradas por su pensamiento original, su testimonio y lúcido análisis de la realidad continental.

Desde “los 12 ó 13 años y hasta los 19”, compitió en natación en un equipo en el que también estaba el por entonces “negrito” Roberto Fontanarrosa. “Yo era la campeona y él era un perro de agua. Nunca había registrado que ‘el negrito’ era ‘el Negro’. Como 30 años después, estamos en una mesa redonda. Uno me lo presenta y me dice ‘¿Lo conocés a Fontanarrosa?’; ‘No, mucho gusto’, le contesto; y me dice ‘Hija de mil… ¿Qué te hice?, ¿No te acordás de mí, vos que eras mi ídola?’, entonces le respondí: ‘No me digas que vos eras el negrito Fontanarrosa. Ahora está saldada esta cuenta porque vos sos mi ídolo y yo soy una fracasada’”.

Hasta entonces, tenía, según ella misma solía contar, “esa cosa más bien frívola de niña bien y me divertía navegando, haciendo esquí acuático o montando a caballo con mis amigos”. Pero una de las tantas crisis argentinas la hizo emigrar a Buenos Aires porque integraba el equipo argentino de natación y la única pileta climatizada de Rosario no funcionaba. La mudanza, las nuevas compañías y la Facultad de Filosofía y Letras la llevaron a descubrir el peronismo de esos años, el de la resistencia.

De esa década de revolución cultural y política data el que ella solía describir como su “viaje iniciático”. “Fue en el 67, por Bolivia, Perú y el sur de Ecuador. Para llegar a Potosí teníamos que hacer 200 kilómetros en la caja de un camión. Salimos a las 7 de la tarde, a las 12 de la noche pararon y nos dijeron que si los ayudábamos no nos cobraban. Había que cargar contrabando: jabón en polvo y otras cosas. Entonces pusieron el contrabando, una lona y nosotros. A las 6 de la mañana del día siguiente, taparon el contrabando con cebolla cruda. Entonces venía el contrabando, la cebolla, la lona y nosotros arriba. Hasta que se largó a llover, y entonces venía el contrabando, la cebolla, nosotros y la lona arriba. A la noche siguiente, entre inundaciones y precipicios, una amiga me decía ‘No te duermas porque nos vamos a morir’, y yo le decía ‘Prefiero morirme dormida’”.

Profesora universitaria –en los 60 fue una de las creadoras de las Cátedras Nacionales sobre el pensamiento de San Martín, Artigas, Bolívar y Perón, entre otros-, Argumedo era una gran lectora y procuraba estar al día con lo académico, pero también disfrutaba de la ficción, en particular Gabriel García Márquez “y el tan discutido (Mario) Vargas Llosa”. Un poco melómana, también escuchaba con placer a  los clásicos: Bach, Vivaldi, Schubert. Pero siempre aclaraba: “Serrat y los Beatles, ni hablar, son fundamentales y forman parte constitutiva de una generación”. Abandonó la guitarra cuando el cigarrillo y las clases hicieron que la voz, según ella, no le diera más.

Además de nadar, jugó al voley, pero lo que le gusta es andar a caballo. Y es bastante fanática del fútbol: “Estoica de Rosario Central. Mi tesis es que el estoicismo del Che Guevara y del mismo Fontanarrosa es porque eran de Rosario Central”.

Este domingo 2 de mayo, Alcira Argumedo se fue a los 80 años dejando una estela de militancia, de ideas, de entusiasmo revolucionario y compromiso con Argentina y América Latina. Con la humanidad, en una palabra.

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