Ya existen políticas encubiertas elaboradas en los países industrializados para frenar y disminuir las tendencias demográficas en los países pobres. Temen que en un futuro pongan en peligro la comodidad vital de sus sociedades.

Por Alejo Brignole

Desde que Thomas R. Malthus publicó en 1798 su célebre Ensayo Sobre el Principio de la Población (An Essay on the Principle of Population, en inglés), las preocupaciones por un exceso de vidas humanas consumiendo recursos y ocupando espacios vitales, pasarían a ser un tema relevante en el pensamiento capitalista. La influencia de Charles Darwin y su teoría evolucionista de la “supervivencia del más apto” completaría el corpus filosófico necesario para sostener las ideas de una eliminación selectiva.

 La obra de Malthus tiene como eje el análisis de los factores demográficos, su influencia en el medio y la necesidad de establecer medidas para contrarrestar un problema acuciante: que la población crece mucho más que los recursos producidos para sostenerla.

Basándose en datos demográficos de Estados Unidos en el siglo XVIII, Malthus concluyó que la población aumentaba en progresión geométrica, con un crecimiento exponencial, mientras que los medios de subsistencia y lo recursos necesarios para sostener a una sociedad lo hacen en forma lineal, es decir en progresión aritmética, lo que iría ensanchando la brecha entre las necesidades y los recursos habidos para satisfacer la demanda. Este principio, conocido como Ley de Malthus, iba acompañado de recomendaciones ciertamente tenebrosas y que hoy parecen emerger bajo modernos diseños políticos, alimentarios y farmacéuticos, como veremos más adelante.

Aunque cueste creerlo, sus postulados hoy gozan de gran predicamento entre las élites acumuladoras de riqueza, que ven en el crecimiento demográfico mundial una amenaza al bienestar producido por un capitalismo elitista. Thomas Malthus sostenía que el incremento de la pobreza resultaba una ley natural basada en un modelo con fundamentos cartesianos. Los cataclismos, las guerras y el orden social eran los reguladores naturales de las masas sobrantes, pero si ello no alcanzaba, el Estado debía contribuir a regular la población mediante métodos proactivos, abandonando la sanidad pública y otras formas de asistencia social. En su Ensayo Sobre el Principio de la Población, Malthus recomienda el consumo de pan como el alimento principal de las clases desfavorecidas pues no sólo aplaca el hambre, sino que su consumo crea déficits nutricionales que facilitan el descenso poblacional. Allí escribe: “En vez de recomendarles limpieza a los pobres, hemos de aconsejarles lo contrario, haremos más estrechas las calles, meteremos más gente en las casas y trataremos de provocar la reaparición de alguna epidemia”. Y en otro párrafo añade: “Si los alimentos no alcanzan para todos, el subsidio a los pobres no debe aumentar su volumen, ya que lo único que puede traer consigo es el aumento de la cantidad de pobres, pero en ningún caso más riquezas.”

Evidentemente no hace falta ser un analista profundo para darse cuenta de las extrapolaciones notorias con el discurso neoliberal actual (o con las premisas más siniestras del nazismo)

Tuvo que llegar Marx, casi setenta años más tarde, para refutar muchas de las deshumanizadas especulaciones de Thomas Malthus y alumbrar con su potente mirada científica y profundidad analítica la cuestión demográfica. En una nota al pie de El Capital (1867) Marx cuestiona la Ley de Malthus, pues considera que el británico no contempla en su ecuación el impacto que el progreso en la ciencia y la tecnología tendrán en la producción de alimentos y otros recursos. Aquella acertada observación de Marx –como tantas otras– es una hoy realidad tangible gracias a métodos industriales de producción agropecuaria que permiten producir excedentes alimentarios. El hambre es hoy, por tanto, un problema de economía política, no de recursos absolutos.

No obstante, las ríspidas elaboraciones teóricas de Malthus nunca dejaron de tener defensores. Sobre todo en este siglo XXI, en el cual comienzan a verse signos preocupantes sobre mecanismos globales para limitar, reducir y eliminar lo que el capitalismo va desechando a su descalabrante paso.

Desde hace unos años existen severas críticas a campañas de vacunación continentales realizadas por UNICEF y auspiciadas por la Organización Mundial de la Salud, que –según denuncias de varias plataformas civiles e incluso de la Asociación de Obispos Católicos de Nigeria– han inoculado de manera injustificada una hormona –la Beta-HCG– a millones de niños africanos durante 2014. En 1993, estas campañas afectaron a niños mexicanos y nicaragüenses y a los filipinos en 1994.

Bajo el pretexto de inmunizar contra el tétanos y otras enfermedades, se incluyeron en millones de dosis la señalada Beta-HCG o Gonadotropina Coriónica Humana. Esta hormona natural es producida por el cuerpo humano durante el embarazo femenino, pero si es inyectada como un proceso retroviral , genera anticuerpos y una respuesta autoinmune en el momento crítico de su utilidad, que es la gestación del feto. Dicho de otra manera, aquellas vacunas utilizadas a escala planetaria inhiben el desarrollo de la hormona impidiendo que el útero pueda albergar al feto durante la gestación, lo que producirá abortos espontáneos en las niñas del Tercer Mundo cuando éstas quieran ser madres.

En 1974, el Gobierno de  Estados Unidos, bajo la supervisión del genocida y Premio Nobel de la Paz, Henry Kissinger, elaboró el controvertido Memorando de Estudio de Seguridad Nacional 200: Implicaciones del Crecimiento de la Población Mundial para la Seguridad de EE.UU e intereses de ultramar y que fue adoptado como política oficial por el presidente Gerald Ford, en noviembre de 1975.

El memorando alerta sobre el crecimiento de la población en los países pobres y lo enfoca como una seria amenaza a la seguridad nacional de EE.UU. debido a la inestabilidad política que un exceso demográfico produciría en zonas con recursos estratégicos para la economía norteamericana. El NSSM 200 en su análisis, otorga “máxima importancia” a las medidas de control poblacional y a la promoción de la anticoncepción en 13 países con gran proyección demográfica (Etiopía India, México, Colombia, Brasil y Bangladesh, entre otros).

El texto señala que “la economía de los EE.UU requerirá grandes y crecientes cantidades de minerales del extranjero”. Y añade: “un mejorado apoyo mundial a los esfuerzos relacionados con la población, debe buscarse a través de un mayor énfasis en los medios de comunicación masiva y otros programas de educación y motivación de la población, por la ONU, USIA y la USAID.”

Durante la Conferencia de California TED2010 en Long Beach, en un discurso titulado “Innovación a Cero”, el magnate informático Bill Gates, Cuya Fundación Melinda & Bill Gates promueve investigaciones sobre nuevas formas de vacunación experimental, expuso entre otras cuestiones: “En primer lugar tenemos la población. El mundo de hoy tiene 6.800 millones de personas. Y es probable que alcance los 9 mil millones. Ahora, si hacemos un buen trabajo con nuevas vacunas, atención médica, servicios de salud reproductiva, podríamos reducirla tal vez, 10 o 15 por ciento”.

                 Ante este panorama digno de una novela de Isaac Asimov o el propio Orwell, en donde las naciones ricas utilizarán a las naciones pobres como variable de ajuste para su bienestar, los gobiernos populares serán la única garantía de defensa ante estrategias criminales de connotaciones científicas. En el caso de América Latina, sería de gran alivio y oportunidad que la nación quizás más avanzada en el campo biomolecular y la medicina investigativa, que es Cuba, asista a nuestra región como dique y guardiana de estas experimentaciones en las sociedades del sur, detectando campañas encubiertas y vacunaciones experimentales ilícitas. América Latina, sin dudas, está amenazada por estos diseños atroces de filosofía darwinista.  Como vemos, las luchas por la liberación ya está entablada en todos los frentes. Incluso en el sórdido campo de la eugenesia. O como decía el ecologista y ensayista alemán, Carl Amery: “Parece que Auschwitz sigue aquí y ganó la batalla cultural”.

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